Para ir agendando: Laiseca y la novela histórica

  • Sábado 16 de septiembre. Charla: Laiseca y la novela histórica. Panelistas: María Celeste Aichino, José Agustín Conde De Boeck y Carlos Marcos. Coordinador: José María Marcos. Museo Isaac Fernández Blanco (Suipacha 1422 y Libertador, CABA). De 15 a 16:30 horas. 1º Festival de Novela Histórica y Testimonial de Buenos Aires.

“Materia oscura” de Santiago Caruso

El artista plástico Santiago Caruso anunció que culminó la preventa de su libro Materia oscura donde reúne la obra de los últimos 15 años en una edición autoral complementada con breves ensayos y poemas (edición bilingüe). Se trata de 194 páginas a color, en formato tapa dura (21 x 28 cm.).
ENTREGA DE LA OBRA
El autor entregará las obras, de acuerdo con este cronograma:
EN COMICOPOLIS (en el predio de la Sociedad Rural)
—Viernes 1 de septiembre:
De 17:30 a 18:30: firma para el público.
—Sábado 2 de septiembre:
De 17:30 a 18:30 horas firma para el público.
De 19:30 a 20:30 en el escenario principal: pintura improvisada en vivo junto a Julia Torres y Juan Ignacio Martínez.
—Domingo 3 de septiembre:
De 17 a 18: firma para el público
PRESENTACIÓN DEL LIBRO
—Sábado 9 de septiembre:
20 horas: Presentación de Materia oscura, en en librería Alamut (Borges 1985, Palermo).

Escritos con sangre

Figura mítica importada de Europa, el vampiro —el aristócrata de los muertos vivos según Slavoj Zizek— fue un personaje que también fecundó el imaginario argentino en la literatura, en diversos momentos y géneros narrativos. Un repaso por sus presencias.

Por Gonzalo Santos, Perfil, domingo 23 de julio de 2017

La cosa empezó como empiezan incluso hoy —sobre todo hoy— algunos mitos: con un rumor en el diario. Fue en Le Mercure Galant, en 1693, donde se informó por primera vez sobre la existencia de upires que se levantaban de la tumba para chupar la sangre de hombres y animales.
Claro que todavía no se trataba de señores distinguidos, caballeros, condes; por entonces eran vampiros algo más toscos, menos higiénicos, que tampoco tenían pruritos éticos ni se enamoraban de vírgenes adolescentes.
Pero pronto el rumor y la paranoia empezaron a correr —más rápido aún que el culto a la razón que pregonaba el incipiente Iluminismo— por varios países de Europa del este, y mientras los campesinos iban a los cementerios a exhumar cadáveres sospechosos para clavarles una estaca, a los poetas románticos, en cambio, los ganó la fascinación y les dedicaron baladas que pusieron en marcha —hay que decirlo— un proceso irreversible de amaneramiento.
En cuanto a la narrativa, el primer vampiro no fue un aristócrata, un capitalista, un empresario, un conde, un marqués o un clérigo: fue un poeta. El relato El vampiro (1819), de John William Polidori, está inspirado en la vida de Lord Byron, de quien era su médico personal. El personaje Lord Ruthven, álter ego del poeta, inaugura un tópico que aparecerá con frecuencia en los relatos de esta temática: el del vampiro seductor ante cuyos pies se rinden las doncellas incautas.
Después, por supuesto, vinieron otros autores geniales como Sheridan le Fanu, Maupassant, Gautier, Stoker, Poe, que están incluidos, por cierto, en la brillante antología Vampiria, que acaba de reeditar la editorial Adriana Hidalgo, y que contiene también otros nombres menos conocidos como Ernst Rapauch —de quien se publica, por primera vez en español, la versión original de Dejad a los muertos en paz (1823)—, Eric Stanislaus o Luigi Capuana.
Ahora bien, a todo esto ya le han dedicado muchas páginas, y el estudio introductorio de Vampiria, a cargo de Ricardo Ibarlucía y Valeria Castelló-Joubert, es tan exhaustivo que sólo nos quedaría la opción de la paráfrasis. Por eso, quizá resulte más interesante analizar de qué manera se ha reelaborado el mito del vampiro en la literatura argentina, que es algo de lo que poco y nada se ha escrito.
En esa dirección, tal vez lo primero que hay que decir es que, en la mitología de los chorotes, pueblo de Chaco, existe un ejemplar que en la literatura argentina escasea —y que en Europa, hasta Stoker, era de lo más común—: una vampiresa. Se trata de Ehéie: una jovencita que sorteó la interdicción de entrar al monte durante su período de menstruación y, en consecuencia, algunas víboras penetraron en su vientre. Según se cuenta, cada vez que tenía sexo, el hombre salía con el pene picado por las culebras y un par de días después moría. Cuando advirtieron lo que estaba ocurriendo, la quemaron y, antes de morir, la leyenda dice que juró que volvería a chuparles la sangre a todos, cosa que aseguran que viene cumpliendo hasta hoy.
En cualquier caso, como se sabe que los escritores argentinos no suelen abrevar en el folclore de los pueblos originarios, pasemos rápidamente a las tradiciones eslavas. Una de ellas —ya referida por Calmet en su célebre tratado— dice que los upires se alimentan principalmente de sus familiares, sus consanguíneos. Tolstoi escribió, a partir de esta creencia, algunos relatos memorables como La familia Vurdalak —sobre el que Mario Baba, en los 50, realizó una magnífica adaptación protagonizada por Boris Karloff— y la novela corta Upire, que está incluida en la antología de Adriana Hidalgo, y entre cuyos personajes hay una abuela ávida de hincarle los colmillos a su nieta.
Pero esa tradición endogámica también está en el basamento del primer relato hispánico de vampiros, que no es de autor argentino, pero transcurre en Buenos Aires. Se trata de Thanatopía (1893), del nicaragüense Rubén Darío, un relato de fuertes reminiscencias autobiográficas donde hay un padre abandónico y el vampiro resulta ser la madre, o el sustituto de la madre: la madrastra, lo que deja servidas las cosas como para que algún psicoanalista hematófago le clave sus colmillos al poeta nicaragüense. Respecto de esos upires de diván, hay que decir, por cierto, que en uno de sus seminarios Lacan utiliza la imagen del vampiro, pero invierte los términos: es el niño, no la madre, el que se dedica a vampirizar, como sucede, por cierto, en el relato de Cortázar El hijo del vampiro, un texto poco conocido del que publicó unos pocos ejemplares con el seudónimo Julio Denis en 1938, cuando probablemente ya era lector de Keats y de Poe —a quien más tarde traduciría—, que son autores que abordaron el tema del vampiro; pero acaso la influencia, o la inspiración, le llegó por otro lado: en esa época también debía ganarse la vida como maestro y tal vez en el ejercicio de esa profesión, o “apostolado”, como era considerada por entonces, estén las claves de lectura: se sabe que los niños son a veces pequeños vampiros energéticos. Obsérvese con detenimiento a los maestros cuando salen de la escuela; en muchos casos se los notará lívidos, pálidos, enclenques: el efecto es similar al de perder varios litros de sangre. Quizá por esto, y no por sus lecturas, es que en ese relato lo que causa horror es el niño vampiro que aparece al final. Lejos de la tradición del “vampiro caballero” inaugurada por Polidori y consolidada por Stoker, aquí Cortázar retoma ese chupasangre más rústico, pura pulsión, que sale de la tumba a saciar su sed en un ejercicio casi rutinario que, en este caso, se interrumpe cuando deja embarazada a la mujer de la que se venía alimentando. Entonces, a la metamorfosis que ya está presente, de por sí, en el mito del vampiro, le añade otra metamorfosis más cortazariana: el nonato consume a su madre por dentro y finalmente, en el momento del parto, ella se transforma por completo en él, en una suerte de transmigración que preanuncia la que desarrollará muchos años después en relatos como Axolotl.
Por su parte, Horacio Quiroga es otro autor que también por esa época, o más bien un poco antes, abordó en varios relatos el mito del vampiro, pero de una forma, por así decir, un poco más “original”. Uno de ellos es El vampiro (1927), donde aparecen también motivos de la ciencia ficción: se trata de un científico que consigue desprender de la pantalla de cine a una actriz, por medio de unos “rayos N¹”, pero la mujer termina volviéndose contra su creador y lo vampiriza, en una dinámica parecida, por cierto, a lo que se postula en la teoría de la “aguja hipodérmica”, contemporánea a ese relato.
Pero hay que recordar que antes de eso Quiroga también escribió El almohadón de plumas (1917), cuento donde el padecimiento de la joven recién casada se debe a “una bola viviente y viscosa” que, escondida entre las plumas de su almohada, le chupa la sangre mientras duerme, y esa misma resolución también se adopta en otro relato muchísimo menos conocido: La araña del diablo, del inmigrante italiano Eugenio Troisi, que fue publicado por Maucci en 1905, por lo que se puede sospechar que pudo haber influenciado a Quiroga, y acaso no sólo a Quiroga: el argumento, a su vez, es similar —por no decir idéntico— al de Spider, de Hanns Heinz Ewers, cuento que fue publicado varios años después que el de Troisi: la trama transcurre, en ambos casos, en un hotel entre cuyas habitaciones hay una en la que empiezan a morir huéspedes de una forma inexplicable, hasta que se descubre la causa: una “araña-vampiro”, en el caso de Troisi; una araña que asume la forma de doncella, o “vampiro psíquico”, como lo llama Leslie Klinger, en el caso de Ewers.
Ahora bien, quizá la forma más “argentina” de reconstruir el mito del vampiro sea aquella que exacerba su condición intelectual —como pasa en Ligeia, de Poe—, produciendo una suerte de “vampiro lector”. Rodrigo Fresán, reflexionando sobre algunas peculiaridades de la literatura argentina, en su última visita a Buenos Aires le dijo a PERFIL que “no hay grandes escritores argentinos cuyos libros no estén llenos de escritores, de referencias”, y eso se advierte también en cierto modo de reconstruir al personaje del upire. Ya en el relato El vampiro, del escritor y político radical Víctor Juan Guillot —escrito en 1920 y rescatado del olvido recientemente por Ediciones Ignotas— se advierte un vampiro ilustrado que ostenta un gran saber enciclopédico.
Pero esto se observa más en Beber en rojo (Muerde Muertos, 2012), novela donde Alberto Laiseca retoma el Drácula de Stoker y, desde su realismo delirante, lo convierte en un ser erudito, literato, cinéfilo, una especie de guardián del conocimiento —lo contrario de Fantomás contra los vampiros de las multinacionales, ese cómic panfletario que publica Cortázar en México a principios de los 70, donde los chupasangre van vaciando diferentes bibliotecas del mundo— con el que el Jonathan Harker laisequiano pasa noches hablando de novelas de aventuras y mirando películas de monstruos (y también, por supuesto, disfrutando de orgías).
En Los anticuarios (2010), por su parte, Pablo de Santis construye una novela en que los vampiros son coleccionistas y donde los protagonistas —vampiros, también— trabajan en una librería de viejo, por lo que naturalmente las referencias eruditas, los guiños, la intertextualidad, recorren el texto desde el principio. En este caso, además, se trata de vampiros un poco culposos, que evitan beber sangre humana y adoptan una ética como la que está, por cierto, en Stephenie Meyer y, antes, en Anne Rice y, antes aún, en el siglo XIX, en James Malcolm Rymer y su Varney, el vampiro.
Por otro lado, tampoco falta en la literatura argentina ese lugar común del vampiro como parábola social, como metáfora de la subjetividad despiadada que se construye en sociedades capitalistas. José María Marcos, editor y escritor que en su novela Muerde muertos (2012) —escrita a cuatro manos con su hermano Carlos Marcos— coqueteó con la temática vampírica, sostiene que en la literatura argentina hay cierta recurrencia que “está dada en ser más piadosos en cuanto al destino de nuestros vampiros. Aunque esto no sólo se dé en la literatura rioplatense, hay una tendencia mayor en tratar de ponernos en sus zapatos y en sus colmillos. Estimo que expresa la tensión y los cruces entre civilización y barbarie, con una marcada tendencia por comprender a los marginados”, dice, y eso es algo que se advierte, por cierto, en Beber en rojo, donde el Jonathan Harker de Laiseca incluso pasa a convertirse en un discípulo del chupasangre luego de querer asesinarlo.
Sin embargo, quizás el relato nacional de vampiros que mejor expresa esa dicotomía es Nosferatu (1998), de Griselda Gambaro. Escrito en las postrimerías del neoliberalismo de los 90, vemos aquí a un chupasangre que no vive en un castillo aristocrático sino en una pequeña habitación rodeado de unos pocos muebles. Se trata de un vampiro con conciencia social: prefiere ir a un bar a beber leche antes que chuparle la sangre a una marginada. Por supuesto, no termina bien: se da la paradoja del vampiro que termina vampirizado. Los policías lo juzgan sospechoso, lo persiguen, se arrojan sobre él y lo muerden, le chupan la sangre. En el relato de Gambaro el peligro ya no está en el vampiro, es decir, en lo que escapa al orden, sino en el orden mismo, o más concretamente en el culto al orden: es eso, y no lo otro lo que, después de todo, ha derramado más sangre en este país.
Por último, y ya abandonando un poco la narrativa, también hay que recordar que hubo autores argentinos que abordaron este tema desde el ensayo. Quizás el más conocido es el de Juan Jacobo Bajarlía: Drácula, el vampirismo y Bram Stoker, que se publicó en 1992, mismo año en que, por cierto, Carlos Trillo publicaba la historieta Boy Vampiro, con ilustraciones de Eduardo Risso. Pero también está la Epístola vampírica (1995) del artista Yoel Novoa, que contó con ilustraciones —póstumas— de ese maestro de los climas opresivos y oscuros que fue Alberto Breccia. Se trata de un ensayo que utiliza la escenografía de la epístola, alguna herramienta de la ficción, y que ofrece un análisis que desborda erudición sobre el origen de este mito en los países eslavos.
En la literatura argentina, en definitiva, el motivo del vampiro constituye una tradición más vasta de lo que pudiera parecer a simple vista. A los libros citados anteriormente, de hecho, podrían sumarse muchos más: El satánico vaivén de las noches (1953), de Luis María Albamonte; El libro de la tribu (2001), de Carlos Gardini; El último fuego (2001), de Alberto Ramponelli; Terror en los dominios de Drácula (1978), de F. E. Luchetti, que en realidad —según asegura el escritor y ufólogo Ricardo Esquilachi— es un seudónimo del escritor Leonardo Wadel; o El vampiro negro, ese relato perdido de Holmberg. Incluso hasta podrían añadirse esos otros casos de vampirismo en autores como Ricardo Piglia, Beatriz Guido o Pablo Katchadjian; aunque eso, por supuesto, ya sería otra nota.

El terror inagotable de H. P. Lovecraft regresa a la vida 80 años después

Se valoriza su figura y salió en la Argentina una edición ilustrada de sus cuentos.

Por Daniel Gigena, La Nación, sábado 15 de julio de 2017

Aunque lo consideraba un parodista involuntario de Edgar Allan Poe, en El libro de arena, Jorge Luis Borges le dedicó un cuento de terror filosófico (“There Are More Things”). Su obra influyó en escritores que, en apariencia, tienen poco en común: Stephen King, Michel Houllebecq, Joyce Carol Oates y Mariana Enriquez. En la literatura de H. P. Lovecraft (Providence, 1890-Rhode Island, 1937) se entrecruzan sueños de trascendentalismo, pesadillas satánicas en escenarios rurales e incluso una teoría del horror cósmico convertida en literatura popular. A 80 años de su muerte, su obra ya atravesó etapas de auge y olvido, sin por ello perder lectores, fans e investigadores de expedientes sobrenaturales.
Ayer, la editorial Avanti presentó en sociedad una obra ilustrada: Cuentos de H. P. Lovecraft. La escritora Daniela Camozzi, traductora junto con Isadora Paolucci, cuenta: “Los cuatro cuentos que componen el libro — “La ciudad sin nombre”  (1921), “El color que cayó del cielo ” (1927), “La ceremonia” (1925) y “El llamado de Cthulhu” (1928)— son los primeros de la etapa literaria de Los mitos de Cthulhu. Esa expresión fue acuñada por August Derleth, escritor y antólogo que formó parte del círculo de Lovecraft, mítico grupo literario integrado por escritores amigos del autor, que intercambiaban impresiones, argumentos y personajes por correspondencia, y que usaban exóticos seudónimos inspirados en sus creaciones”. Lovecraft ya había sido traducido por Elvio Gandolfo, y Norberto Buscaglia y Alberto Breccia habían convertido en historieta tétrica Los mitos de Cthulhu en los años setenta.
“Dibujar el horror de Lovecraft es otra de las formas del conjuro —agrega Camozzi—. Las criaturas y las abominaciones parecen abrirse paso entre las palabras y lanzarse a nuestros ojos”. Para la edición de Avanti, Lisandro Ziperovich se ocupó de las ilustraciones. Sus grabados y rítmica repetición crean un pulso que late con las frases del maestro del pavor.

PRIMERO EN LA ARGENTINA

 “En el país se han publicado alrededor de 150 libros de Lovecraft, contando producciones de editoriales convencionales y emprendimientos independientes —señala Carlos Abraham, investigador de la ciencia ficción y autor de Lovecraft en Argentina (Oráculo Ediciones)—. Los primeros datan de 1939, sólo dos años después de la muerte del autor, y aparecieron en la revista Narraciones Terroríficas”. Fueron las primeras traducciones del autor a otro idioma. “La publicación en 1946 de El que acecha en el umbral, en colaboración con Derleth, fue un hito —agrega—. Es el primer libro lovecraftiano fuera del ámbito anglosajón. Luego, las ediciones se multiplicaron. Con abrumadora mayoría, en el país se publicó su narrativa. La poesía, el ensayo y la casi inabarcable correspondencia han visto la luz de modo muy esporádico”. A fin de año, Abraham publicará Lovecraft en español, que amplía su investigación anterior.
José María Marcos es editor de Muerde Muertos, sello que publica literatura de terror escrita por argentinos. “Con un estilo barroco, los relatos de Lovecraft expresan la pequeñez de la condición humana en un universo hostil —señala Marcos—. ‘En las montañas de la locura’, ‘El color que cayó del cielo’ y ‘La sombra sobre Innsmouth’  son algunos de sus grandes textos donde el horror nace de la sospecha de que la vida carece de sentido, desplazando como objetos de espanto al demonio, los cadáveres, los fantasmas. Su prosa combina sinuosas construcciones con una jerga pseudocientífica y provoca un agudo extrañamiento”.
Para el escritor Nicolás Correa, que ya presentó dos libros de una trilogía del género de terror (Súcubo e Íncubo, ambas por Wu Wei), Lovecraft es un escritor de culto al que aún hoy muchos intentan imitar. Leyó a Lovecraft a los 12 años. “Después de mucho trabajo conseguí vender una bicicleta vieja que estaba en casa. Con la plata de esa venta me acerqué a la librería y empecé a investigar los estantes. Quiso el destino que en mis manos cayera El Necronomicón. Llegué a casa fascinado. Estuve encerrado un día entero, y cuando mi madre se acercó a investigar qué era lo que me llamaba la atención, descubrió el libro. Según ella, el libro estaba maldito y me obligó a que lo devolviera. Por suerte, la lectura ya había hecho su trabajo”. Los relatos de El Necronomicón son quizá la obra maestra de Lovecraft, el escritor que creó una mitología del mal.

On Radio: Buenos Aires de Gira

Raquel Buela, Víctor Betinotti, Lili Vigo Lima, Luis Fiorentini,
Beatriz Gabet, Fernando Bustos y José María Marcos. 22-07-17.
En los estudios de On Radio estuvimos conversando sobre música y libros en el programa Buenos Aires de Gira, conducido por Luis Edgardo Fiorentini, junto a Beatriz Gabet, Raquel Buela, Lili Vigo Lima, Víctor Betinotti y Fernando Bustos, el sábado 22 de julio de 2017. Gran encuentro de artistas y amigos.

“Magdalena” en la revista The Wax Nº 5

El cuento “Magdalena” —que forma parte de mi libro Los fantasmas siempre tienen hambre (Muerde Muertos, 2010)— fue publicado en la edición Nº 5 de la revista The Wax de julio de 2017. Gracias, Ariel Tenorio, por la convocatoria. La edición completa puede leerse en PDF.

Especial #ConejoKids en El Bardo

El viernes 13 de julio de 2017 se concretó un nuevo encuentro del Ciclo Siga al Conejo Blanco, especial para toda la familia, ante un público entusiasta que colmó la sala de El Bardo. Leí el cuento “La casa de los leones”, ambientado en mi pueblo Uribelarrea, y compartí el escenario con las grosas Adela Basch, Alejandra Correa y Agustina Caride y las pequeñas mostras Amparo Cadórniga, Violeta Pellegrini y María Victoria Segovia. Hubo una colorida propuesta de Arte Andarín, con su Isla de Juegos, y un desopilante show de los payasos Nave y Cronopio. ¡Gracias, Pamela Terlizzi Prina y Agustina María Bazterrica, por la invitación! Vaya un agradecimiento especial para Fabián Rossini que fabricó la gomera y a la Familia Marcos que prestó el poncho para la ocasión. Aquí dejo algunas fotos de esta hermosa experiencia. ¡Vamos, Conejo Blanco!
 

EL ANUNCIO DEL CONEJO KIDS 2017


#ConejoKids. El Conejo no se olvida de nadie y, palpitando el comienzo de las vacaciones de invierno, tiene el gusto de anunciar su primer encuentro enteramente dedicado a los más pequeños. Sí, esta vez no hay excusas, tenés que venir con tus hijos, con tus sobrinos, con tus nietos y los niños de ese amigo que te pidió que se los cuides porque tiene un recital. ¡Mirá el equipazo que armamos!
Leen: Adela Basch, Agustina Caride, Alejandra Correa y José María Marcos.
Se encarga de un espacio de juegos insuperable: Arte Andarín.
Tenemos show de clown en vivo de la mano de Cronopio.
¡¡Y los niños conquistan el escenario conejo!!
Porque leen sus cuentos propios estas tres artistas del presente y el futuro: Amparo Cadórniga, Violeta Pellegrini y María Victoria Segovia.
Además: le damos la bienvenida a nuestros flyers al queridísimo Horacio Petre, que hoy nos regaló esta imagen increíble y nos va a estar acompañando el resto de año,
Nos filma: Brenda Taubin. Nos reciben en la conejera: Paula y Ale. Para después: sorteos, brindis, cena, sobremesa, diversión.
Vení a jugar al Conejo.
Vos y tu niñ@ interior.
Ph: Horacio Petre.
Diseño de logo: Juan Cruz Bazterrica.
Diseño de flyer: Pamela Terlizzi Prina.
Coordinan: Agustina María Bazterrica y Pamela Terlizzi Prina.

Rumbo a la Patagonia con la Chacha y Ñancul

José María Marcos, mano a mano con el #ConejoKids 2017:

—Si pudieras vivir en un cuento, ¿en cuál sería?
—Me mudaría a la Patagonia con la Chacha y Ñancul, especialistas en mate, tortas fritas, dulce de leche, locro, quesos, empanadas, asado, chinchulines y longanizas. Estando Patoruzú por aquellos pagos nunca nos faltaría nada, ni siquiera las aventuras.
—¿Qué libro o historia recordás de tu niñez? ¿Por qué?
—Recuerdo muchas películas que pasaban por la tarde en Sábados de Súper Acción, como La oscura venganza del espantapájaros o El hombre de dos cabezas; ya en horario nocturno, los estrenos en la tele de El pulpo negro o Carrie. A mi vieja le encantan las pelis de terror, así que el momento de ver historias de vampiros, caníbales, hombres lobo, invasiones de tarántulas y hormigas, extraterrestres, científicos locos, momias y otras tantas sobrenaturalezas, representa una entrañable instantánea familiar.
—¿Con qué personaje de cuento te irías de viaje? ¿Por qué?
—¡¿Uno solo?! Quiero por lo menos un colectivo, manejado por Vincent Price o Narciso Ibáñez Menta. Llevaría a Condorito, Yayita, Garganta de Lata y toda la barra. A Larguirucho, Pucho, Serrucho y Kechum, que comía polenta con pajaritos y provocaba terremotos cuando se enojaba. Invitaría a Isidoro Cañones, por si nos quedamos sin fondos, y al Gitano Ivanoff, Cavernario, Samurai y algún otro titán, por si se arma alguna rosca. Y, por qué no, al Androide de Plata para que se encargue de los mandados.
—En tu versión de los hechos, ¿con qué se encuentra Alicia cuando cae en el pozo?
—Sé de buena fuente que no se cayó a ningún pozo. Todo eso que cuenta lo vivió vacacionando en mi pueblo Uribelarrea, donde también anduvo noviando con Epaminondas, que era muy amigo de la querida Tía Jorja.
—Si aparece el Conejo Blanco y te dice que lo sigas, ¿qué hacés?
—¡¿El mismísimo excelentísimo particularísimo maximaravillosísimo Conejo Blanco, Señor de Todas las Bestias?! Lo sigo a todos lados.

Una década de “Las vacas vuelan”

La Lic. Patricia Faure habla sobre los entrevistados para Las vacas vuelan.
Una gran cantidad de amigos de la Biblioteca Pública Alfonsina Storni participó de un brindis por el 10º aniversario de la salida del libro Las vacas vuelan, de la Lic. Patricia Faure, convocado por la entidad y la Junta de Estudios Históricos del Distrito de Ezeiza. El encuentro tuvo lugar en la Biblio —Avellaneda 27, 2º piso, JM Ezeiza—, el viernes 30 de junio de 2017, y contó con la presencia de testimoniantes, lectores y difusores, quienes evocaron viejas anécdotas y sumaron nuevas en relación a la historia del pago. Hubo además brindis y una rifa a beneficio de la Biblioteca.