Ramponelli, el gótico que viene de Morón

Nota para la revista Evaristo Cultural Nº 22 de la Biblioteca Nacional. Diciembre de 2013


Por José María Marcos

El escritor argentino Alberto Ramponelli viene desarrollando una interesante obra ligada fuertemente a la mejor literatura fantástica latinoamericana que, desde la perspectiva de la poeta María Negroni, es “una deriva de la literatura gótica” (Galería fantástica, 2009).
Nacido en Morón en 1950, el autor ha creado ficciones donde formas arcanas de ver el mundo conviven, se complementan y colisionan con la razón. Lleva publicados los libros de cuentos Desde el lado de allá (1990), Una costumbre de Oceanía (2006) y Gente rara (2011); las novelas El último fuego (2001), Viene con la noche (2005) y Apuntes para una biografía (2009); y Esperando a los tártaros (2013), que recopila narrativa breve, poesía y teatro. Editorial Muerde Muertos lo acaba de incluir en Osario común. Summa de fantasía y horror (2013) y le editará en el 2014 el libro Crónicas del mal, donde el autor se adentra en la recreación de hechos policiales, para preguntarse dónde reside lo que denominamos “mal”.
Ramponelli dirigió la revista Otras puertas (1993-1997) y coordina talleres literarios desde 1985. Resultó finalista del Premio Clarín de Novela (1998) y recibió el Tercer Premio Municipal de Córdoba Luis de Tejada (2007). El Fondo Nacional de las Artes (FNA) lo distinguió en Novela (1996 y 2008) y Cuento (1998 y 2004), y lo seleccionó para integrar la Antología de Cuento 50º Aniversario del FNA (2008). Vive en Morón, está casado y tiene tres hijos (Javier, Agustín y Esteban). En un reportaje que brindó a la revista Insomnia (Edición Nº 161, Mayo de 2011), el autor destacó que sus maestros han sido Jorge Luis Borges, William Faulkner y Franz Kafka.

UN ESCRITOR GÓTICO EN MORÓN

Dice la escritora María Negroni en su Galería Fantástica (Siglo XXI, 2009): “Leo la literatura de América Latina como una deriva de la literatura gótica. En ese corpus nocturno y afiebrado están contenidos, en efecto, todos los motivos y obsesiones que harán del fantástico latinoamericano una nueva forma de resistencia a las cárceles de la razón y del sentido común. En su origen, se sabe, el gótico coincide con el Iluminismo y sus geometrías del saber. Es, mejor dicho, su costado oscuro, la grieta que, en la arquitectura del orden, se abre para impedir la calcificación del sentido y las jerarquías del pensamiento”.
La obra publicada de Alberto Ramponelli —compuesta por tres novelas y tres conjuntos de relatos (uno de ellos que incluye su incursión en el teatro)— puede leerse desde esta matriz, ya que lo ominoso y lo siniestro funcionan como núcleos de sus principales relatos, en orbes donde la realidad está siempre a punto de resquebrajarse y la razón no es más que una pretexto que justifica la irracionalidad, mientras que algunos personajes esconden crímenes inconfesables o, bien, tienen una doble vida.
En mayor o menor medida, esto sucede en sus todos sus libros, pero en las tres novelas se puede contemplar con mayor nitidez.
En El último fuego (2001), Ramponelli combina tres temas clásicos: el vampirismo, el pacto fáustico y el doble. Acompañando a un personaje que quiere dejar atrás su pasado y se hace llamar “Carlos Olmos”, la historia transcurre en un incierto mundo de fantasía creado al amparo del Circo Romero. Ocultando su identidad, Olmos es tentado a existir en un ámbito donde un vampiro roba los recuerdos para hacerlos propios y, así, vivir eternamente en tiempos pretéritos. Romero es un monstruo especial: se aprovecha del último fuego de viejos artistas, a quienes les ofrece la ilusión de juventud eterna en las arenas de su circo. Olmos descubre este terrible secreto y se enfrenta a la disyuntiva de entregar su pasado (y dejar de ser, en tanto que también somos lo que hemos sido), o, bien, enfrentar al monstruo y a ese pasado que aún lo espera.
En Viene con la noche (2004), el autor presenta la historia de una niña asesinada durante la última dictadura militar argentina (1976-1983) y aborda el crimen y la impunidad describiendo surcos de encadenamiento entre lo individual y lo colectivo. Un testigo (que impedido por la culpa no interviene a tiempo) y su hija verán marcadas sus vidas por este asesinato, pues nadie puede tener una visión del infierno y salir con el alma intacta. Entonces, la única manera de alcanzar algo de paz es hacer justicia. ¿Pero contra quién pelean el padre y la hija? Ramponelli lo advierte con una voz arcaica: “Brujas, se las llamaba en la antigüedad. Brujas, también se las llama ahora. O ‘mentalistas’. (…). Poseedoras de las llaves que abren las puertas del mundo de las tinieblas, conocedoras anticipadas del devenir, hacedoras de calamidades y desdichas; pero también de la presunta felicidad (¿a qué costo?)”.
En Apuntes para una biografía (2009), Ramponelli se corre de este registro, pero no abandona la mirada gótica y alucinada de la realidad, para presentarnos un personaje complejo: Edward Echenique que, disfrazado de militante de izquierda, trata de desarrollar un proyecto esotérico que transforme las bases de la Argentina. “Fantasma de fantasmas, si los hay”, Echenique es recreado por iniciados, por testigos y por diversos discursos que, mientras nos retratan la personalidad del personaje, nos cuentan una historia y la trastienda del mundo de las sectas, tanto políticas como esotéricas, que funcionan entre las sombras y que nos resultan demasiado familiares.
Lejos del realismo mágico y costumbrista en el que se pretende encasillar a la literatura fantástica argentina, en estas tres novelas podemos advertir que, tal vez, las mejores historias se parecen irremediablemente a nuestros sueños más inquietantes. Pues se trata de una literatura —y otra vez en palabras de María Negroni— que nos lleva a “mejorar la calidad de las preguntas, dejarnos, al final de la lectura, con una intuición hiriente y liberadora: la promesa de que el sueño existirá, a condición de que aceptemos soñarlo”.
Paradójicamente, la originalidad de la obra de Alberto Ramponelli late en el abordaje del antiquísimo tema del miedo, y su contracara, el deseo, forjando incómodas ficciones que operan en un territorio que dialoga con el presente y enriquecen lo mejor de la literatura universal.