Lorna

Por José María Marcos (*)

Jesús Franco mira a través de la cámara, y el mundo comienza a cobrar sentido. Todo se vuelve nítido, real, posible. El antiguo engranaje se sacude, cruje, e inicia otra vez su marcha.
Janine Reynaud se ríe mirando a la pantalla y sabe que ha dejado de ser ella para transformarse en una exuberante bailarina que danza con poca ropa en un night club de Lisboa, seducida por un titiritero que ama a las vampiras lésbicas, los asesinos sádicos, los doctores sin escrúpulos y otros queridos abominables monstruos.
Reina del espectáculo, la actriz se hará famosa con un show sadomasoquista donde simula cometer un crimen. Atraída por el imperio del mal, Lorna dejará atrás los límites que separan a los hombres de las bestias.
El director madrileño alentará el sadismo, la sensualidad y el desparpajo de su criatura, y disfrutará de la incredulidad y de las desventuras del manager Bill Mulligan, quien tratará de detener a la inquietante stripper.
Inmerso en un clima ominoso, Jesús filmará esta película y con el paso de los años se convencerá de que fue uno de sus mejores films, al tiempo que rodará muchas otras, buenas, malas e inclasificables, sobrepasando las doscientas y desoyendo las voces de quienes juzgan que no hay lugar para ciertas historias, en ninguna parte del planeta.
Cada vez que se cierre una puerta a lo largo de su carrera, imaginará otra para seguir espiando en el abismo que late detrás de cada imagen.
Jess para los anglosajones, Jesús para los quijotes, seguirá trabajando con el mismo anhelo hasta sus últimos días. Huirá así de lo que más teme, y será feliz de modo inusual, tal como su cine. Huirá así de su principal fobia, a la que por falta de una mejor definición llamará realidad.