“El fondo del corazón es árido. El hombre siembra sólo aquello que puede… y lo cuida”. Stephen King, Cementerio de animales

El mundo de José María Marcos

“La ficción de horror es uno de los últimos refugios del surrealismo”

Ricardo A. Ruiz (RAR) | Editor de INSOMNIA
Edición 157 - Enero de 2011

El escritor argentino José María Marcos publicó recientemente Los fantasmas siempre tienen hambre (Muerde Muertos, 2010), con once historias de terror contemporáneo donde no faltan los espíritus perversos, las casas lóbregas, un gato muerto, un asesino serial y hasta un zombi, narradas con profundo humor negro y homenajes a los maestros del terror. Es un libro plagado de imágenes inquietantes y de voces que parecen regresar del más allá, recomendado tanto quienes buscan una nueva mirada sobre el género de terror como para los amantes de la literatura en general.
Finalista en el IV Premio de Literatura de Terror Villa de Maracena 2009 (Granada, España), José María Marcos está dedicado a desarrollar una obra vinculada al horror contemporáneo y es asiduo colaborador de nuestra revista Insomnia, donde han aparecido sus reseñas y entrevistas sobre literatura fantástica. En 2007 publicó la novela Recuerdos parásitos (quién alimenta a quién...), escrita junto a su hermano Carlos, que el escritor Alberto Laiseca calificó como “una novela profunda”, que “gira alrededor de la falta de amor. Asesinos en serie, ya sean físicos o virtuales. Misóginos extremos o supuestamente pacíficos, de esos que la ley no castiga. Pero tal vez los castigue la soledad que corresponde a la frívola falta de ontos”. Magíster en Periodismo y Medios de Comunicación (Universidad Nacional de La Plata), José María Marcos dirige el semanario La Palabra de Ezeiza (creado en febrero de 1995) y fundó, junto a su hermano, la editorial Muerde Muertos. Con cuidadas ediciones a cargo de la artista plástica Mica Hernández, los primeros títulos son: Ingrávido, de Fernando Figueras (Colección Ni Muerde Ni Muertos, dedicada al mundo fantástico); Los fantasmas siempre tienen hambre, de José María Marcos (Colección Muertos, dedicada al terror); e Inmaculadas, de Carlos Marcos (Colección Muerde, dedicada a lo erótico). Nació el 17 de septiembre de 1974 en Uribelarrea, provincia de Buenos Aires.


—¿Cómo surgió la editorial Muerde Muertos?
—Con mi hermano Carlos compartimos desde niños el amor por los libros y hace mucho teníamos ganas de crear un espacio para que circularan nuestras obras y aquellas afines a nuestros gustos. En la Argentina, en particular, hay pocos espacios que se dediquen a la difusión de lo fantástico, el terror o lo erótico. Eso no quiere decir que no haya escritores, revistas o editores abocados a estas corrientes. Por el contrario, hay un puñado de grandes autores que van haciéndose su lugar desde distintos espacios y que, de algún modo, son un ejemplo y un estímulo para los más jóvenes. Entre otros están Angélica Gorodischer, Liliana Bodoc, Alberto Laiseca, Alberto Ramponelli, Gustavo Nielsen y Pablo de Santis, quienes han abierto un camino de revalorización de estas corrientes literarias. Entre las revistas especializadas figuran, por ejemplo, Insomnia (por supuesto), Próxima, Axxón y Cuasar.
—¿Por qué el sello se llama “Muerde Muertos”?
—El nombre nace casi de una confusión, o, en términos freudianos, de un acto fallido. Con mi hermano Carlos escribimos la novela Recuerdos parásitos (quién alimenta a quién…), y, a posteriori, tuvimos un problema de catalogación. A todo el mundo yo le decía que era una novela de terror, y él explicaba que era una novela erótica. Después de conversarlo entre nosotros, llegamos a la conclusión de que eran dos caras de la misma moneda: la pulsión de vida y la pulsión de muerte, el placer de morder y la fascinación por el misterio de la muerte. Fue así que, a la hora de fundar la editorial, nació el sello Muerde Muertos, con una colección que bautizamos Muerde (para lo erótico) y Muertos (para el terror). De este modo, publicamos Inmaculadas, por Muerde, y Los fantasmas siempre tienen hambre, por Muertos. Pero, claro, como en el fondo creemos que lo importante es la literatura por sobre las catalogaciones, creamos una tercera colección que bautizamos Ni Muerde Ni Muertos. Por intermedio de esta, apareció Ingrávido, de Fernando Figueras, que es una muestra del mejor realismo delirante y que recomendamos por su humor ácido y corrosivo.
—¿Cómo es su proyecto editorial?
—En este momento nos hallamos abocados a la promoción de Inmaculadas, Ingrávido y Los fantasmas siempre tienen hambre, que presentamos a fin de año y recién estamos comenzado a distribuir en enero. Nuestro objetivo es ir sacando títulos en la medida de nuestras posibilidades y la respuesta de los lectores.
—¿Quiénes son tus influencias literarias?
—Sin duda, muchas. Voy a nombrar algunas a riesgo de olvidar otras. En la adolescencia estuve enamorado de los poetas surrealistas, con Antonin Artaud y Arthur Rimbaud a la cabeza, y también de Alejandra Pizarnik y sus versos tipo: “Nada será tuyo salvo un ir hacia donde no hay dónde”. Leía con devoción El bosque sacrílego, de Jean-Pierre Duprey, con prólogo de André Breton. Artaud me hizo estallar la cabeza con El pesa nervios, Heliogábalo, el anarquista coronado y Van Gogh, el suicidado por la sociedad. A dichas obras llegué a través del disco “Artaud”, de Luis Alberto Spinetta, que, por cierta inclinación macabra inconsciente, pensaba que se llamaba “Ataúd”. En el fondo no estaba tan equivocada mi asociación, pues una de las frases que más me impactaron dice: “Hace mucho frío como cuando es Artaud el muerto quien sopla”. Luego, vinieron los novelistas Enrique Medina, Ernesto Sabato y Stephen King. Medina fue el primero que me mostró que se puede escribir con un estilo directo y bello. Cuando estaba estudiando periodismo, nos insistían que leyéramos los diarios para analizar cómo se construyen las noticias. En general, las noticias me aburrían, pero descubrí en las contratapas de Página 12 a un tal “Enrique Medina” y empecé a averiguar quién era. Así llegué a Sólo ángeles, Las tumbas y Strip tease, y de ahí en más me lancé a la búsqueda de todos sus libros. El comienzo de Las tumbas, breve y contundente, fue toda una lección: “Había terminado el segundo de la primaria cuando me internaron. Me puse a llorar como un desesperado al darme cuenta de que me iban a separar durante mucho tiempo de mi vieja. Ella lloraba, pero se iba”. Por un lado, Medina nos mete de lleno en el drama de un pibe que entra a un instituto de menores, y, por otro lado, dice: “Mirá, loco, andá aprendiendo: el mundo puede llorar por tus desgracias, pero nadie te va a ayudar sino te ayudás vos mismo”. Aunque luego comprobé que esta no es una verdad universal, sigo creyendo que el comienzo de Las tumbas es único. Después, apareció Sabato con El túnel, Uno y el universo, El escritor y sus fantasmas o Sobre héroes y tumbas; esta última novela es, para mí, una de las mejores narraciones de terror gótico escritas en la Argentina. Uno de sus capítulos es el famoso “Informe sobre ciegos”, que podría ser una nouvelle de Poe, al estilo Aventuras de Arthur Gordon Pym. Sabato me enseñó que la literatura también es un camino que nos permite reflexionar sobre la realidad y la vida, y se lo agradezco. Un poquito más tarde apareció Stephen King con su estilo desmañado, desprejuiciado y contundente, con sus narraciones que parecen un océano maravilloso y con personajes inolvidables, como Jack Torrance y Danny, de El resplandor; Trashcan, de Apocalipsis; John Smith, de La zona muerta; Roland, de La torre oscura; Dolores Claiborne, de Eclipse total; o el negro John Coffey, de La milla verde, por citar solamente algunos. King tiene una voz que cuenta y cuenta como pocos. A él le agradezco haberme mostrado que guardaba latente el amor por las películas de terror, por la fantasía y por los monstruos, que nació de niño gracias a ciclos como Sábados de súper acción, y que son otra gran influencia. De algún modo, King me ayudó a abandonar muchos prejuicios y, también, me enseñó que la única manera de liberarse de las sombras es aprender a convivir con ellas. Después vino Alberto Laiseca, con su ciclo “Cuentos de terror” y su maravilloso realismo delirante, y comencé a concurrir a su taller literario. Allí, además de conocer a otros autores contemporáneos que concurrían a sus clases —como Fernando Figueras, Leonardo Oyola, Juan Guinot, Alejandra Zina, Leandro Avalos Blacha, Martín Hain, Edmundo Mazza, Fernando Rodríguez, Sebastián Pandolfelli y Selva Almada—, profundicé mi relación lúdica y vital con la literatura, que me había ayudado a descubrir King. Otros autores que, por diversos motivos, me han influenciado son: Clive Barker, Howard Phillips Lovecraft, Edgar Allan Poe, Peter Straub, J.G. Ballard, Oscar Wilde, Jorge Luis Borges, Liliana Bodoc, Rafael Azcona, Pablo De Santis, Fernando Sorrentino, Osvaldo Soriano, Antonio Dal Masetto, Bernardo Kordon, Andrés Rivera y Charles Dickens, y espero seguir descubriendo muchos más. A esta lista, colados, debería agregar al cineasta Alex de la Iglesia, porque siento una enorme admiración por la manera de contar sus historias, y al mítico ciclo “Historias para no dormir”, de Narciso Ibáñez Serrador y Narciso Ibáñez Menta, uno de los mejores antecedentes hispanos de calidad sobre la unión entre delirio y terror, al que me gustaría aspirar como autor y como editorial.
—Analizando esta mezcla de influencias. ¿Qué relación hay entre aquellos primeros surrealistas y los cuentos de terror?
—Pienso que la ficción de horror quizá sea hoy uno de los últimos refugios de los surrealistas, pues allí el sentido común y lo cotidiano pasan a un segundo plano para darles lugar a nuestros tabúes más vergonzantes y a nuestras pesadillas más atroces. Como ha dicho Clave Barker: “La ficción en general examina los estratos del mundo con criterio realista; la ficción de horror arremete contra ellos con una sierra eléctrica, corta la realidad en pedacitos y le pide al lector que vuelva a armarla”. Por otra parte, Artaud en su Van Goth dice: “No hay nadie que haya jamás escrito, pintado, cantado, modelado, contenido, compuesto, inventado a no ser para salir del infierno”, y creo que, al menos en mi caso, una de las razones que abracé la literatura de terror fue descubrir en los libros una manera de enfrentar mis miedos, mis frustraciones, la vida en síntesis, y de poner a raya mis fantasmas.
—Hablando de eso, justamente… En tu libro Los fantasmas siempre tienen hambre hay muchas historias sin “fantasmas”. ¿De qué tipos de fantasmas hablan estos cuentos?
—“Los fantasmas siempre tienen hambre” es una frase del antropólogo inglés R.D. Jameson, que está muy familiarizada con “Los muertos viajan rápido”, del alemán Gottfried August Bürger, que Bram Stoker cita en Drácula. Para los amantes del gótico, funciona como anticipo del universo ficcional de los cuentos. Para el resto de los lectores, habla de esas sombras, de esas persistencias, de esos aspectos oscuros que creemos superados en nuestras vidas, y que, de pronto, descubrimos que son amenazantes y hasta, a veces, peligrosos.
—¿Donde te situás geográficamente para escribir tus ficciones de horror contemporáneo?
—Mis cuentos, aunque transcurran en ámbitos cerrados o en ciudades con nombres inventados, se ubican en el ámbito bonaerense, entre la Capital Federal (ciudad de Buenos Aires), el Conurbano y las ciudades de la Provincia de Buenos Aires. Esta es una zona de conflicto y de permanentes olas migratorias. Mis personajes, aunque vivan en la ciudad de Buenos Aires, siempre están de paso, con lo que ello implica. Si residen en alguna ciudad del interior, sus antepasados vinieron de otro lado, y quizás estén pensando en irse, porque allí no han encontrado lo que buscaban. En algún sentido, y salvando muchas distancias, a veces he sentido que mis historias están vinculadas a los ámbitos descriptos por José Hernández en El gaucho Martín Fierro, que es una creación maravillosa; o por Eduardo Gutiérrez, en novelas como Juan Moreira o Hormiga Negra, donde los personajes se mueven por el ámbito bonaerense. De hecho, cuando era chico, yo estaba orgulloso que nuestra Tía Jorja, que ya falleció, nos contara que su padre había visto a Juan Moreira en un bar de Zapiola. Sin lugar a dudas, estos son mis ámbitos: nací en Uribelarrea, un pueblito de mil habitantes, entre Lobos y Cañuelas, con un padre español que huyó de la Guerra Civil Española y una madre que venía de Cañuelas. Desde que tengo uso de razón, siempre tuve la sensación de que a los 18 debía marcharme, porque en Uribelarrea no tenía futuro. Así viví tres años en La Plata, ocho en Ezeiza y, ahora, hace ocho que vivo en la ciudad de Buenos Aires, en el barrio de Almagro. A su vez, sigo ejerciendo el periodismo en Ezeiza y, a diario, aprecio la tensión que existe en este territorio y, me lo proponga o no, por ahora es el escenario de mis historias. Esta forma de vivir en tránsito ha hecho que sienta muy a flor de piel lo provisorio y frágil de la vida, elemento que está muy presente en toda historia de terror.
—Por último, ¿por qué elegiste el horror contemporáneo como forma de expresión?
—Muchas veces se habla de si uno escribe lo que quiere, o, bien, lo que puede. Al respecto, puedo decir que cuando descubrí mi tendencia hacia ciertas historias decidí recorrer el camino. Ahora bien, esto no quiere decir que me gustan las historias de terror sólo por una cuestión inevitable, sino porque creo que es un ámbito atractivo para la exploración de lo que conocemos como humanidad. Citando nuevamente a Clive Barker, me gusta pensar que es una corriente literaria que permite subvertir el sentido común y lo que se dice habitualmente acerca de la mortalidad, la sexualidad y la política. Ernesto Sabato agregaría que la buena literatura analiza el lado nocturno de la existencia, eso que ocurre más allá de nuestra razón y de toda lógica, y nos permite ser asesinos seriales por un rato, para, luego, volver a nuestras vidas normales y ser mejores hijos, esposos, padres o, simplemente, buenos vecinos. Igual que en el caso del surrealismo, las mejores historias de terror trabajan sobre la exploración del inconsciente, donde residen nuestros temores más profundos y ancestrales. Por estos motivos, cuando escribo o leo, pienso que indagar sobre estas zonas nos puede permitir entender mejor este mundo regido muchas veces por la irracionalidad o por la locura.